Un viaje de regreso a Buenos Aires que prometía reuniones familiares y celebraciones religiosas se transforma en un torbellino inesperado para Darío Roitman. La repentina muerte de su padre desencadena discusiones, reproches y encuentros llenos de ironía dentro del clan, donde cada miembro lidia a su manera con el duelo y las viejas cuentas pendientes. Entre escenas tan disparatadas como emotivas, la familia descubre que, incluso en medio del caos, los vínculos afectivos persisten y se vuelven imposibles de romper.
Mazel Tov, con Adrián Suar, cuenta una historia que mezcla la cultura judía con los enredos personales de Darío, su personaje. Al principio la película queda un poco en el medio entre el drama y la comedia, y recién después de casi cincuenta minutos se define más por el lado dramático. Los conflictos dentro de la familia muestran cómo cada uno sostiene su propia verdad, aunque desde afuera se note que todos se equivocan en algo. Eso hace pensar en lo difícil que es ponerse realmente en el lugar del otro y en cómo, muchas veces, creemos que nuestra mirada es la única válida.
En cuanto a Suar, actúa de una forma muy parecida a lo que ya vimos en otras de sus películas: mismos gestos, mismas pausas, sin grandes sorpresas. Quienes sí se destacan son Fernán Mirás y la breve aparición de Rodolfo Ranni. En general, es una película que vale la pena ver si te interesan las historias sobre la familia, las decisiones que cuestan y la convivencia e historias de vida entre hermanos, padres, primos y tíos, pero no mucho más que eso.
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